GLOTONIA

20090306

Pulpitos, que no púlpitos.

La niña mala Amèlie Nothomb nos tiene acostumbrados a referencias gastronómicas en casi todas sus novelas. En la última Ni de Adán ni de Eva, nos cuenta una autoficción que se desarrolla en Japón. Me atrevería a decir que en ninguno de sus trabajos sale tanta comida y bebida. No siempre de forma placentera, además. Si no, sirva como ejemplo este pasaje con pulpitos que sucede cuando dos diligentes japonesitas sirven la cena a la Nothomb y a su chorbo japonés, un tal Rinri:

Se produjo un incidente alimentario. Trajeron pequeños pulpos vivos. Conocía el principio y ya había pasado por esa desagradable experiencia: se trata de comer pescado o frutos de mar en el instante mismo en que acaban de matarlos delante de ti, para así garantizar su frescor. No podía contar el número de filetes de dorada todavía estremecidos que había tenido en la boca, mientras un satisfecho restaurador me miraba diciendo: "Está vivo, ¿verdad? ¿Siente el sabor de la vida?" Nunca me ha parecido que ese sabor justificara semejante práctica bárbara.
Cuando vi aquellos pulpos, me sentí doblemente desolada: en primer lugar porque no hay nada tan encantador como esos animalitos con tentáculos, y luego porque nunca me ha gustado el pulpo crudo. Pero habría sido de mala educación rechazar el plato.
En el momento del asesinato miré para otro lado. Una de las damas depositó la primera víctima en mi plato. Aquel pequeño pulpo, hermoso como un tulipán, me rompió el corazón. "Mastica rápido, traga y di que no tienes más hambre", pensé.
Lo hundí en mi boca y traté de clavar los dientes. Ocurrió entonces una cosa atroz: los nervios todavía vivos del pulpo le exhortaron a resistir y el cadáver vengador atrapó mi lengua con todos sus tentáculos. Y no se volvió atrás. Grite hasta donde se puede gritar cuando tienes la lengua atrapada por un pulpo. Finalmente la saqué, con la intención de mostrar lo que me estaba ocurriendo: las damas se pusieron a reír. Intentaba desatar el animal con las manos: imposible, las ventosas se pegaban totalmente. Veía llegar el momento en el que me arrancaría la lengua.
Horrorizado, Rinri me miraba sin moverse. Por lo menos, sentía que alguien me comprendía. Gemí por la nariz con la esperanza de que las damas dejaran de reír. Una de las dos pareció pensar que la broma ya había durado lo suficiente y se acercó para clavar un palillo en un punto concreto de la anatomía de mi agresor, que me solto en el acto. Si tan simple resultaba, ¿por qué no me había soltado antes? Contemplé en mi plato el pulpo escupido...

6 comentarios:

Taller dijo...

Hola:
Supongo que la descripción de Amelie es la misma que esta: http://www.youtube.com/watch?v=5T4c4g3iXv0&NR=1

Es absolutamente escalofríante.
Pero los pulpos son eso y algo más:http://saboreartentusiasma.blogspot.com/2008/12/leyendas-negras-de-pulpo.html

Un saludo

Carmen dijo...

Chin, se fue este comentario con otra cuenta diferente, claro soy yo

otolete dijo...

Impresionante. Aprovecho para hacer un repaso de lo que he comido vivo alguna vez —aparte de ostras y almejas—, y no me vienen a la memoria más que las quisquillas (camarones), que mi padre me nseño a comer, directamente del agua, nada más atraparlos. Recuerdo que en México no fui capaz de tragar unos gusanos gordos que se movían en el plato.

raquel dijo...

más banquetes de la Nothomb en Higiene de un asesino y en
Biografía del hambre....

izaskun dijo...

Joder, que asco... me ha dado claustrofobia! A ver si supero esto, porque me encanta el pulpo...

el pingue dijo...

Prefiero la escena de Comer, Beber, Amar en la que el padre prepara la comida a su hija. Fantástica película, por cierto. Creo que jamás comeré pulpo vivo, por muy pequeño que sea.
Un saludo

Roberto